El viaje en ferry podría resumirse en una palabra, tostón. Pero no sería justo resumir porque las horas se hicieron muy largas dentro de esa mole de acero. El que mejor viajó fué Simón que, por ser perro, pudo “disfrutar” de una maravillosa jaula en un cuartito de cubierta. Escogimos viajar de noche para pasar durmiendo las 18 horas que dura la travesía. Lo conseguimos hacer a ratos, tumbados en los bancos acolchados del restaurante.

Panorama_Ulvik
Ya se abren las compuertas, ya estamos en Bergen, ¡qué nervios!. Nos abre los brazos con todo su encanto, su lluvia y los agentes de aduanas que se llevan a Simón para ponerle una vacuna y dejarlo en cuarentena 24 horitas… todo por 270 eurillos de ná. Le faltaba uno de los dos tratamientos indispensables para entrar en el país, estos son la vacuna de la rabia y un antiparasitario contra Echinococcus. ¡Que no se os olvide si tenéis perrete y visitáis tierras vikingas!
Para estar cerca y recoger al día siguiente a Simón, nos vamos a un camping cercano, Bratland Camping, normalito para el precio, unos 30 euros la noche para la furgo y dos mondongos… (se nota la falta del tercero…). Al menos tiene una cocina apañá y la usamos para cocinarnos unas ricas lentejas que nos alegren un poco el día.
Ya está bien, iremos a salvar a mondongo junior de las garras del gordo come bollos que nos lo quitó ayer. Menos mal que el sitio donde lo llevaron no parecía estar mal, aunque le faltó tiempo para salir corriendo de allí. Ya estamos los tres de nuevo, se nos cambia la cara y volvemos a conocer la ciudad de Bergen, ahora sí, sonreímos de nuevo.

Hoy todo saldrá bien, eso no incluye que no llueva, tendremos que acostumbrarnos. Conseguimos aparcar justo detrás del barrio de Bryggen, en una zona residencial en la que parece que no tendremos que pagar, cosa casi impensable en esta ciudad. O si había que hacerlo, con tanta lluvia no creo que vengan a comprobarlo…

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Vamos adentrándonos en las callejuelas de la parte trasera de Bryggen y vamos disfrutando de las casitas, todas coquetas, que se amontonan desordenadamente mientras bajan por la colina. Hasta llegar a la parte más antigua, las casitas de pescadores, que se nos antojan como si hubiesen costruido con las mismas maderas que usaban para los barcos. De hecho si paseas por dentro de los callejones que se entrecruzan por su interior, la impresión es de estar paseando por una de las carabelas que usó Cristobal Colón en su visita al continente Americano.

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Es un barrio super turístico, abarrotado de personitas que, a pesar de la lluvia, entran y salen de los comercios que ahora dan vida a estas coloridas fachadas de madera. La verdad que es muy bonito, merece la pena verlo, como también pasear por el puerto, donde podrán cambiarte las divisas o darte mas información para tu viaje. A demás, de camino pasamos por el mercado de pescado, donde pudimos escuchar y aprender unas lecciones sobre el Salmón salvaje y sus diferentes ahumados de manos de los chicos que te atienden, la mayoría españoles.

Video explicación sobre el salmón
Sabiendo más sobre el salmón también saben mejor sus bocados, así que lo degustamos refugiados bajo los toldos del aguacero que no cesa ni un momento.

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Ya tenemos suficiente de ciudad, queremos campito y nos ponemos rumbo a conocer los fiordos.
El primero será el Hardangerfjord, y lo hacemos conduciendo por la Carretera Turística Nacional Fv 7, unos 100 km de puro placer al volante mientras disfrutas con las espectaculares vistas del segundo fiordo más grande de Noruega.

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La primera parada la hacemos en el municipio de Kvam para contemplar la Steinsdalsfossen, cascada que cae muy cerca de la carretera y que con sus 46 metros de altura (casi ná) te permite pasar por debajo a través de un caminito hecho en la roca. Te sientes abrumado por el erstruendo de tanta agua cayendo cerca de tí.

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Continuamos el camino por la carretera Fv 7, hay muchísimas posibilidades para aparcar y dormir, pero nuestro instinto nos lleva hasta Ulvik, el pueblo donde poco después degustamos las que posiblemente serán las mejores cerezas que hayamos probado nunca y además, con el tamaño de ciruelas.

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Aquí las llaman moreller y se pueden comprar en pequeños puestecillos junto a la carretera donde no encontrarás al tendero, tan sólo una cajita donde debes depositar las 50 coronas que cuesta una bandejita de medio kg. Esto es confianza ciega en el ser humano.

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Decidimos dormir en un embarcadero de la orilla contraria al pueblo donde ya estaba estacionada la caravana de un sonriente matrimonio alemán. Es tarde, nos dejamos llevar por el sueño, ha sido un viaje demasiado largo e intenso…

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