Algo nos decía que no podíamos dejar para el final la pequeña isla de Malapascua. Así que muy tempranito nos calzamos las mochilas y nos dirigimos al aeropuerto destino Cebú, la hermana pequeña de Manila.

Una vez en Cebú, un taxi hasta la estación de autobuses del norte nos conectará tras 4 horas de viaje con el Puerto de Maya para coger un bangka (barco típico de madera y bambú) hasta Malapascua.

Había dos opciones de bus: con aire acondicionado, wifi y confortable o sin nada de lo anterior. Por no demorar más la partida elegimos el “paquete básico”.

A momentos el bus se quedaba pequeño, asientos de tres plazas eran ocupados por cinco personas. Pasamos de la caótica Cebú a la serenidad de los poblados con selva a un lado y la Costa al otro.

Metemos todo esto en la coctelera, añadimos el buen rollo, los niños cantando deseando devolvernos una simpática sonrisa, agitamos y…listo! Ya tenemos preparado un buen cóctel que nos refrescará el caluroso viajecito.

Llegamos a punto de que zarpe el último bangka, sobre las 17 hrs. En el horizonte ya divisamos la Isla, y al mismo tiempo unas nubes amenazantes de tormenta.

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Bangka en Puerto de Maya, Cebú

Por la sonrisa y amabilidad de la tripulación vamos intuyendo el carácter extraordinario que poco después nos dieron a conocer los isleños.

A cubierto mis grumetes!!! Sálvese quien pueda!!! A escasos metros de la Costa descargan las nubes como si no quisieran nuestra presencia, pero pasamos de sus señales…así somos.

Una vez en tierra parecíamos hormiguitas huyendo de ser aplastadas por goterones, buscando refugio. Por suerte o por desgracia no teníamos alojamiento reservado, pero en poco tiempo un guía de la isla, más “apañao” que un jarrillo de lata, nos sugiere dos opciones, una baratita y otra algo más cara pero en primera línea de playa.

Está claro, no? Seremos Mondongos pero no dejaríamos pasar la oportunidad de tener esas vistas a una playa de aguas turquesas, arena fina y blanca. Ya somos propietarios de una casita a pie de playa, tanto que la arena sube por los primeros escalones. Se trata de una cabaña de sencillez extrema, pero cuyas vistas dan al paraíso. A disfrutar de la Isla!!!

Cabaña del Daño's Beach Resort
Cabaña del Daño’s Beach Resort

Nos deleitamos esa noche con la gastronomía típica en el Gin Gin’s Restaurant, el patio de una casa particular donde sirven ricos platos filipinos a precios irrisorios: arroces, noodles, curries y adobos.

Una vez en la cabaña y protegidos por nuestra magnífica e impenetrable mosquitera , nos dejamos mecer por el sonido de las olas y el calor de esta bonita noche de verano.

Daño's Beach
Daño’s Beach

Nos levantamos con apetito de comernos la Isla, no sin antes probar el estupendo desayuno filipino ( mango, tostadas, arroz y longaniza típica). Todo servido por la pequeña y dulce Lule, hija de los propietarios del Daño’s Beach Resort.

La Isla es de pequeño tamaño, bastan tres horas para recorrerla andando. Aunque nos lo tomamos con tranquilidad y pasamos todo el día de exploración.

Niños jugando en la Playa de Los Bambos
Niños jugando en la Playa de Los Bambos

Un camino circular nos lleva de playa en playa, pasando por poblados y algunos Resorts destruidos por el tifón Yolanda, de cuya presencia quedan bastantes evidencias en la parte norte de la Isla.

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Restos del Resort arrasado por el tifón Yolanda

Los poblados son muy humildes. Construidos sobre arena, las chabolas hechas con materiales muy diversos, siempre guardaban algún aldeano sonriente deseoso de saludar. Lejos de que nuestra presencia les incomodara, parecía más bien como si siempre nos hubieran estado esperando.

Isleñas mariscando en bajamar
Isleñas mariscando en bajamar

Callejear por estos poblados, fue una de las mejores experiencias del día.

Toca bañito en el agua cristalina de las playas. El pequeño tamaño de la isla permite cambiar de playa en un momento y buscar la mejor ubicación al viento. Cuando en el Oeste amenazaba la lluvia, al Este ni una nube.

Playa en la zona Este de la Isla
Playa en la zona Este de la Isla

La playa está desierta hasta la visita inesperada de los pequeños de la isla, con sus juegos rudimentarios y sus preguntas curiosas.

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Explorando la Isla

Una máscara de buceo imprescindible (aunque sea hecho con el culo de una botella…). El agua transparente está llena de vida y de trocitos de coral, por lo que unos escarpines tampoco estarían mal.

Mondongo con gafas de buceo
Mondongo con gafas de buceo

Si os quedáis con más ganas de ver fondo marino, la Isla presenta una oportunidad única para bucear. Innumerables escuelas de buceo pueden mostrarte el Tiburón Azotador a escasos 25 metros de la superficie en el banco de Monad.

Tiburón Azotador
Tiburón Azotador

En cuanto a ocio gastronómico, la Isla presenta numerosas alternativas donde degustar alta calidad a bajos precios.

Para nosotros fue una estupenda oportunidad de tener un fin de año diferente, quizás el mejor de nuestras vidas. La tranquilidad de la Isla se convierte en un ir y venir de agitados bailes de todas las edades y nacionalidades, mezclado con el buen rollo de los locales, que nos habían organizado una fiesta en la pista deportiva del Village, con DJ filipino residente. Aunque teníamos a la familia lejos nos sentíamos como en casa, nunca nos habían dicho tantas veces en una misma noche “Happy New Year”.

 

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